Según los expertos no califico en literatura juvenil. Tampoco en novela. Mucho menos en cuento. Ni qué hablar de nouvelle.
Literatura para niños es lo único que queda. Hacia ella, entonces.
Este relato está dedicado a cientos de niñas, a quién sabe cuántas, que con sus bríos inocentes inspiran obras tiernas como la siguiente…
cuando se tira de la hamaca
o se ata los cordones, cuando llega a la llave de la luz y cruza la calle sola se dice que está pronta. Cualquier pibe como yo lo sabe.
Todo empezó al principio de la relación, que ya culminó. Los motivos o causas del cese será una incógnita para el lector, a menos que la narración de los hechos se precipite, desnudando así el inconcebible desenlace en la mitad del relato, pasando el resto a ser contado no cronológicamente.
La supe -oníricamente- en primavera, con el primer calorcito. Un contundente orín se filtró por mi pantalón cuando fulminado en una silla -cumpleaños de quince- yacía una niña en mi regazo, seguramente depositada por alguna vieja altruista para que durmiese más cómodamente (ella). Borrachín, recuerdo, con dos whiskicitos, pensé, sobriamente, que me había meado (que yo me había meado). La frágil cabellera de la infanta se metía en mi boca y me trajo; esta vez pude contenerme. Apareció un actor de novela brasileña en un paisaje campestre, una licuadora en marcha y todo empezó a mezclarse. En algún momento vi lo negro y ella no estaba más. La había soñado, ya había abierto los ojos y estaba atragantándome con los pelos que quedan en mi almohada.
La conocí -tangiblemente- la misma noche que nos manoseamos. Era un sábado quince, cumpleaños de una amiguita en común, prima por antigüedad y aspirante en ese momento al ingreso en el combo Las Primas. Ella había asistido con su hermana melliza, que no la tocaba ni con treinta y seis de mano y con el dos. Curiosamente, su análoga llevaba puesta una belleza difícil de identificar, tal vez percibida una vez hecha la inevitable e inconciente comparación con su hermana, seguramente injusta.
La abordé seguro de mí, sin reparar en el rostro embobecido que portaba. A punto estuve de impactar contra su humanidad cuando trastabillé con el charco de baba que ya se había formado bajo mis pies. Vuelto en mí, acerqué mi voluptuosa nariz a su cuello y comencé a girarla en derredor, alternando sostenida inhalación y escuetos pero profundos esnifes, lo más próximo a la dermis pero jamás tocándola. La carne fresca despedía libertinaje por los poros, se olía, y la lúbrica actitud denunciaba primeras veces ya experimentadas. Su incapacidad para disimular el cosquilleo en la panza y el pecho expectorante daba claras de que sería su primera vez, nuevamente.
De alguna forma debía mitigar el ignito panorama o se me complicaría. Fue una suerte que en ese momento sonara la música que rompe mis pies, por lo que me fue sencillo improvisar unos pasos que no demandaran contacto físico. Esto me permitió desacelerar la taquicardia y de paso, calmar un poco la calentura que poseía a la borrega.
Con Shine your light on me de fondo, fuimos al fondo del salón para entre sillas que no guardaban un criterio de agrupamiento, charlar un rato y aflojar las pantorrillas, luego de tanto cachengue. No recuerdo un solo tema tocado y ni un solo tema tocado por la banda de covers contratada para la ocasión. Sí que terminó la canción y con ella la fiesta, abruptamente.
Ahí acabó todo. Nunca más la vi.
Sé que para ella no fue fácil. No lo es iniciarse con vetustos, menos con uno como yo. Hoy a mí se me hace dificilísimo. Hace un par de semanas sueño con impúberes recién bañadas hamacándose en plazas, que ante el llamado de sus madres bajo una lluvia dorada se lanzan con inconciencia a cruzar la calle desestimando cordones desatados, y que en el medio del asfalto tropiezan cuando dos ómnibus de frente hacen cambio de luces, saludo inmemorial.
Yo estaría con mujeres de mi edad, encantado, pero no hay. Ni soñar con ellas puedo.
Voy para los 84 y estoy hecho un pibe, de vasta experiencia y fácil pichí.
Hace un par de semanas sueño con dos impúberes en una cama de dos plazas; yo voy al medio.
Ellas sueñan cosas propias de su edad y patalean. Yo no tomo pastillas.
Prontos en el lecho, una ya está pronta y la otra pronta, para apagar la luz y hacer no, no.
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el tiempo muerto
Tose. Con ímpetu tose. Por contento y preocupado se siente contrariado. Nada bien le haría esa muchedumbre de humo a su ganglio inflamado. Cuando se preocupa no es feliz. Cuando es feliz está contento.
Mira de lleno un fuego que le quema los iris. La embriaguez y el sentido de la responsabilidad lo invaden a la vez. Nada bien le haría ese solazo a su condición de fotosensible.
La ocasión lo cautiva por reveladora. El tiempo que consume, nimio, no es congruente con el resultado que brinda.
La rutina que le tocó interpretar, esas tareas bien importantes que debe cumplir, asociadas a un comportamiento que no debe distorsionar nunca esquiva el pensamiento preestablecido, consuetudinario, afín.
Escudriña. Se inmiscuye en sí mismo. Como un cirujano pone atención en cuestiones exactas y como un buen cirujano no va a errarle.
Lo que los que lo conocen desconocen de él llega, lento. Se sorprende, le gusta. Y maldice. En un rato no lo recordará. Piensa en anotarlo. Ya lo olvidó.
¿Enriquecerá su vocabulario hasta el último de sus días? ¿Ladeará de una vez la reflexión llana, somera? ¿Podrá reflexionar nuevamente? Sus inquietudes no se emparientan con las de sus amigos. Ni tangentes son.
Tose. Con desgano, ya. No le importa que el ganglio deviniera en tumor y no repara en el punzante dolor cada vez que pestañea. Nada lo preocupa. Mucho le preocupa.
Ríe. No lo hace solo aunque esté solo. Se desdobla en la complicidad, reconoce su incompatibilidad y se ríen, él con él.
Quisiera transmitir todo esto, pero sospecha de un intercambio desparejo. El lugar común estigmatiza de manera cobarde, coarta cualquier pensamiento ambicioso. Una vez incorporado, la balanza del intercambio jamás podrá estar equilibrada.
Escupe. Siempre gargajos fornidos. Es el equipaje del que debe desprenderse para lograr un buen aterrizaje, para quedar como nuevo. Coloca cada cosa en su lugar, ordena el desorden y compara los tiempos. No entiende.
No entender le fascina. A veces, un tiempito, un cortito, puede albergar contenido contenido. Usa el tiempo muerto. Es eso. Sonríe.
Y comprende sí.
Mira de lleno un fuego que le quema los iris. La embriaguez y el sentido de la responsabilidad lo invaden a la vez. Nada bien le haría ese solazo a su condición de fotosensible.
La ocasión lo cautiva por reveladora. El tiempo que consume, nimio, no es congruente con el resultado que brinda.
La rutina que le tocó interpretar, esas tareas bien importantes que debe cumplir, asociadas a un comportamiento que no debe distorsionar nunca esquiva el pensamiento preestablecido, consuetudinario, afín.
Escudriña. Se inmiscuye en sí mismo. Como un cirujano pone atención en cuestiones exactas y como un buen cirujano no va a errarle.
Lo que los que lo conocen desconocen de él llega, lento. Se sorprende, le gusta. Y maldice. En un rato no lo recordará. Piensa en anotarlo. Ya lo olvidó.
¿Enriquecerá su vocabulario hasta el último de sus días? ¿Ladeará de una vez la reflexión llana, somera? ¿Podrá reflexionar nuevamente? Sus inquietudes no se emparientan con las de sus amigos. Ni tangentes son.
Tose. Con desgano, ya. No le importa que el ganglio deviniera en tumor y no repara en el punzante dolor cada vez que pestañea. Nada lo preocupa. Mucho le preocupa.
Ríe. No lo hace solo aunque esté solo. Se desdobla en la complicidad, reconoce su incompatibilidad y se ríen, él con él.
Quisiera transmitir todo esto, pero sospecha de un intercambio desparejo. El lugar común estigmatiza de manera cobarde, coarta cualquier pensamiento ambicioso. Una vez incorporado, la balanza del intercambio jamás podrá estar equilibrada.
Escupe. Siempre gargajos fornidos. Es el equipaje del que debe desprenderse para lograr un buen aterrizaje, para quedar como nuevo. Coloca cada cosa en su lugar, ordena el desorden y compara los tiempos. No entiende.
No entender le fascina. A veces, un tiempito, un cortito, puede albergar contenido contenido. Usa el tiempo muerto. Es eso. Sonríe.
Y comprende sí.
oxímoron
Recordaré cada día. Todos los días lo haré.
Morderé mi labio inferior para no discarte. Morderé el superior luego, cuando el inferior haya empezado a sangrar.
Te soñaré, recurrentemente cuando pueda dormir. Cuando no lo logre recordaré.
Despertaré en la noche, por el frío que traerá tu ausencia. Mis tibias ya no chocarán con las tuyas. Mi lecho ya no será el nuestro. No serán atalayas las cortinas. En mi aposento nadie espía si estoy solo.
Aspiraré la sábana hasta el vahído buscando tu olor y recordaré tu olor al pasar, tu olor al pasar corriendo.
Caminaré sin rumbo. Me detendré. Entrecerraré mis ojos y miraré hacia la lontananza para recordar. Y caminaré luego.
Recordaré cada día. Prescindiré de fotos, de cartas, de cuadros. Sólo recordaré con los ojos cerrados, con la mente que no ve. Recordaré con los ojos abiertos también.
Respiraré torpemente cuando la aflicción me gane. Acomodaré mi semblante, desataré el nudo en mi garganta con un cimbronazo para seguir. Gritaré. Fuerte.
Mentiré cuando diga que estoy bien. Estaré bien cuando recuerde.
Recordaré cada día. Viviré así. Sobreviviré. No evadiré ninguna realidad porque mi realidad será el recuerdo. Desayunaré tostadas con mermelada de recuerdo; almorzaré guiso de recuerdo; no merendaré y cenaré pollo al recuerdo con papas al horno. Mascaré chicle cuando no quiera comer, sabor recuerdo. Trabajaré en el canal 5.
No compartiré mi dolor. Fingiré una estabilidad emocional. Lloraré en una plaza, acostado en el pasto hasta que se humedezca toda mi cara.
Te imitaré. Tus gestos, tu voz, tu andar, tu silencio, tus peinados, tus poses al dormir, tu temperamento emularé, y así recordaré.
Recordaré cada día. Escracharé mi mente para recordar cada detalle, hasta lo residual recordaré. Y fumaré para ya no recordar. Cuando quiera recordar nuevamente, tal vez fumare también.
Brotará mi olvido sólo cuando se me extirpe la memoria.
Morderé mi labio inferior para no discarte. Morderé el superior luego, cuando el inferior haya empezado a sangrar.
Te soñaré, recurrentemente cuando pueda dormir. Cuando no lo logre recordaré.
Despertaré en la noche, por el frío que traerá tu ausencia. Mis tibias ya no chocarán con las tuyas. Mi lecho ya no será el nuestro. No serán atalayas las cortinas. En mi aposento nadie espía si estoy solo.
Aspiraré la sábana hasta el vahído buscando tu olor y recordaré tu olor al pasar, tu olor al pasar corriendo.
Caminaré sin rumbo. Me detendré. Entrecerraré mis ojos y miraré hacia la lontananza para recordar. Y caminaré luego.
Recordaré cada día. Prescindiré de fotos, de cartas, de cuadros. Sólo recordaré con los ojos cerrados, con la mente que no ve. Recordaré con los ojos abiertos también.
Respiraré torpemente cuando la aflicción me gane. Acomodaré mi semblante, desataré el nudo en mi garganta con un cimbronazo para seguir. Gritaré. Fuerte.
Mentiré cuando diga que estoy bien. Estaré bien cuando recuerde.
Recordaré cada día. Viviré así. Sobreviviré. No evadiré ninguna realidad porque mi realidad será el recuerdo. Desayunaré tostadas con mermelada de recuerdo; almorzaré guiso de recuerdo; no merendaré y cenaré pollo al recuerdo con papas al horno. Mascaré chicle cuando no quiera comer, sabor recuerdo. Trabajaré en el canal 5.
No compartiré mi dolor. Fingiré una estabilidad emocional. Lloraré en una plaza, acostado en el pasto hasta que se humedezca toda mi cara.
Te imitaré. Tus gestos, tu voz, tu andar, tu silencio, tus peinados, tus poses al dormir, tu temperamento emularé, y así recordaré.
Recordaré cada día. Escracharé mi mente para recordar cada detalle, hasta lo residual recordaré. Y fumaré para ya no recordar. Cuando quiera recordar nuevamente, tal vez fumare también.
Brotará mi olvido sólo cuando se me extirpe la memoria.
lo que se hereda no se roba
Cuando mamá me abandonó, papá debe haber estado cagando en alguna pocilga o bien, haciendo la cola afuera. Desperté con sol abrasador y con mis primeros tres cargando, sobre un piso alayotado, cobijado por un acolchado con motivos algebraicos. Sentí pasos alejándose, como nunca antes. Percibí salpicaduras de despojo y la congoja me embargó. En la inmensidad tuve que armarme de valor para afrontar lo que se venía.
El abuelo. Apareció con los dedos bañados en tinta dispuesto a cuidarme el tiempito que mami en el kiosquito, todo un abandono para mí. Traía una expresión ambigua; el ofuscamiento y el orgullo lo poseían a la vez. Me tapó bien.
Hay que contar que la abuela un día partió, evento confuso para el abuelo. El bife que le pegó lo inmediato, la alegría ocasional que sentía en ese momento, quedarse sin con quién hablar; todo eso lo descolocó. Más, el bife. Mamá no volvía.
Luego del insuceso, mi abuelo estuvo un tiempo triste y el otro perplejo; en el entretiempo una conducta obsesiva fue a visitarlo. Hombre desestructurado, acuñador de nuevas formas de pensar y siempre contemplador de la otra visión, lejos de todo estándar, cualquiera que lo conociera bien sería escéptico respecto al panorama que se presentaba. La correlación entre la entidad de la anomalía y la causa que la había propiciado era tan evidente, tan predecible que no podía concebirse en un tipo como este. Pero las obsesiones no entienden de correspondencia, no distinguen destinatarios. La fijación se le hospedó. Mamá demoraba.
Así comenzó mi abuelo. Buscando soluciones, respuestas, juegos, compulsivamente. Visitaba a sus vecinos y los interrogaba con disimulo para saber de sus problemas; anticipaba contratiempos para evitar la sorpresa desagradable; su tono rara vez no sonaba inquisidor. Esta conducta, que prolífera en sus comienzos fue mermando hasta que ya no hubo escenario que desmenuzar. Incluso, situaciones cotidianas y hechos incuestionables -es decir, que no demandan solución alguna-, como el andar de un gato o una pelea entre hermanos, también habían sufrido la lupa indómita del abuelo. Quedó un vacío ahí, dirían los medianos tirando pabajo; hay que llenar eso con algo, dirían los rellenadores de sostenes. Ambas cosas eran ciertas.
Por alguna razón que desconozco, afloró el costado más elemental de mi abuelo: se suscribió a un pasquín; de esos que traen separatas semanales con títulos ocurrentes y desconcertantes como Soluciones o Juegos. Pasó lo inexorable, era de tarde.
Mi abuelo no tardó en reconocer la escasa dificultad que presentaban esos ejercicios y se dedicó a descifrar los textos del periódico, de aberrante sintaxis. Allá por mi cuarto mes, pegó un estado de abstracción del que no descansaba nunca, y del que hasta hoy quedan vestigios. Ensimismado, hablaba con nadie, pasaba noches sin dormir, días sin dormir, tardes sin dormir la siesta elaborando textos alternativos que luego enviaba al diario, personalmente. Sin embargo yo, no pude zafar de ese retraimiento; es algo que hasta hoy me quema la cabeza, mañana no creo.
Mientras tomaba confianza y tomaba, me fui convirtiendo en el vertedero de su parecer. Me entró a enseñar, a alertar, a fabular y a repetir y a repetir -en ese orden- que no pararía hasta dar con aquellas layotas de ensueño que revestirían el piso de mi cuarto, esta inmensidad. Cómo se tardaba má. Y eso que el kiosquito queda enfrente. Pero estoy con Abue, que acaba de mancharme el acolchado con motivos algebraicos, como la acción de este relato, que acaba de cambiar de tiempo.
Un texto rebelde lo jaquea, no aguantó y partió la lapicera. Casi todos sus dedos están entintados. Su rostro tenso, esos ojos rígidos, no está disfrutando. Pero se vislumbra una mueca en su comisura, como si estuviera disfrutando. Se pone a mecerme a ver si eso lo calma. De repente, se incorpora de su silla barco pirata. Sale disparado hacia el estár.
Mi madre vuelve. Trae hojas sueltas y un pack de lapiceras. Pasa por su cuarto a juntar unas cosas. Viene al mío mientras su padre consulta el diccionario, me escribe esta carta y se va, catorce minutos después, sin saludar al abuelo.
Hijo. Si estás leyendo esta carta es porque ya sabés leer. Te felicito. Apostaría que te pareció un juego de niños. Si en cambio es mi padre quien lo hace, que no alce la voz ni muestre fruncimiento su ceño. No saludé porque perdía el ómnibus. Igual, nunca lo hacía, así que no creo de rencor en cuanto a esto. Lo entendería si montase en cólera por ver la solución del pasatiempo plasmada en el papiro, que si hay algo que no le brinda es la satisfacción de contemplar el resto de su tiempo sin ninguna preocupación (de paso, era una chotada).
Chiquito... nueve meses cruzando ideas, hablándote -porque escuchabas- y a veces hablándote para mí cuando hacías de frontón emocional. Ahora que puedo mirarte a los ojos y decirte en la carita que nunca más vas a verme el pellejo, te escribo estas líneas. Ya no tengo valor.
Claro, si vos me lo sacaste. Como así la poca sensualidad que alguna vez tuve, mis amigas, el vínculo que empezaba a entablar con las amigas de mis amigas. ¿Cuánto dejé en el camino? A papá dejé, a mi papá.
Quedaba subyugado cuando te daba charla y vos, dentro mío, le contestabas con esos silencios lúgubres. Me lo fuiste ganando como gana el reducidor con apego al trabajo. Si se entienden de memoria, como Guillermo y Palermo.
Dejé todo por vos, todo lo di. ¿Y vos? Patadas solamente. No soporté la presión y tuve que gastar unos ahorros en la reconstrucción de este abdomen cascoteado. ¿Qué más tengo que dejar? No puedo más.
Hasta que pude; ahora te dejo a vos. Pero antes voy a ponerte de cotelé -rápido que viene el yerno de tu padre- para evitar una posible asfixia por ingesta de provechito, o mejor dicho por aire de eructo ya que bien vacía está esa pancita. Después sí. Finiquito esto rápido y me tomo los vientos.
Supongo, ni querrás saber de mi paradero para cuando aprendas a correr salir desesperado a buscarme, conociendo verdades espantosas y absorbiendo las situaciones más traumáticas. Por eso te lo dejo bien claro.
El kiosquero me propuso huir, juntos. Despertó mi espíritu aventurero e irresponsable sin adelantarme mucho sobre el lugar. Es un excelente vendedor (de hecho crucé a comprar cigarros y me vendió hojas, unas lapiceras para que redacte esta carta y la intriga). Que esté fuerte como soga de alpinista no tiene nada que ver.
Igual que tu padre, que ahora mismo debe estar cagando una hamburguesa en el váter del barsucho que seguro hay a la vuelta del fraudulento carro donde consumió la minuta, o haciendo la cola afuera.
Me voy con el señor, a Bandonarte, donde el sol no te abraza, te apretuja. Después te mando fotos.
Suerte, loco. Comé bien, hacé caso y cuando crezcas, explicale a tu abuelo que adolece de una severa patología y que no es recomendable sentirse orgulloso de eso. Vas a ser igualito a él, como yo y tu abuela.
El abuelo. Apareció con los dedos bañados en tinta dispuesto a cuidarme el tiempito que mami en el kiosquito, todo un abandono para mí. Traía una expresión ambigua; el ofuscamiento y el orgullo lo poseían a la vez. Me tapó bien.
Hay que contar que la abuela un día partió, evento confuso para el abuelo. El bife que le pegó lo inmediato, la alegría ocasional que sentía en ese momento, quedarse sin con quién hablar; todo eso lo descolocó. Más, el bife. Mamá no volvía.
Luego del insuceso, mi abuelo estuvo un tiempo triste y el otro perplejo; en el entretiempo una conducta obsesiva fue a visitarlo. Hombre desestructurado, acuñador de nuevas formas de pensar y siempre contemplador de la otra visión, lejos de todo estándar, cualquiera que lo conociera bien sería escéptico respecto al panorama que se presentaba. La correlación entre la entidad de la anomalía y la causa que la había propiciado era tan evidente, tan predecible que no podía concebirse en un tipo como este. Pero las obsesiones no entienden de correspondencia, no distinguen destinatarios. La fijación se le hospedó. Mamá demoraba.
Así comenzó mi abuelo. Buscando soluciones, respuestas, juegos, compulsivamente. Visitaba a sus vecinos y los interrogaba con disimulo para saber de sus problemas; anticipaba contratiempos para evitar la sorpresa desagradable; su tono rara vez no sonaba inquisidor. Esta conducta, que prolífera en sus comienzos fue mermando hasta que ya no hubo escenario que desmenuzar. Incluso, situaciones cotidianas y hechos incuestionables -es decir, que no demandan solución alguna-, como el andar de un gato o una pelea entre hermanos, también habían sufrido la lupa indómita del abuelo. Quedó un vacío ahí, dirían los medianos tirando pabajo; hay que llenar eso con algo, dirían los rellenadores de sostenes. Ambas cosas eran ciertas.
Por alguna razón que desconozco, afloró el costado más elemental de mi abuelo: se suscribió a un pasquín; de esos que traen separatas semanales con títulos ocurrentes y desconcertantes como Soluciones o Juegos. Pasó lo inexorable, era de tarde.
Mi abuelo no tardó en reconocer la escasa dificultad que presentaban esos ejercicios y se dedicó a descifrar los textos del periódico, de aberrante sintaxis. Allá por mi cuarto mes, pegó un estado de abstracción del que no descansaba nunca, y del que hasta hoy quedan vestigios. Ensimismado, hablaba con nadie, pasaba noches sin dormir, días sin dormir, tardes sin dormir la siesta elaborando textos alternativos que luego enviaba al diario, personalmente. Sin embargo yo, no pude zafar de ese retraimiento; es algo que hasta hoy me quema la cabeza, mañana no creo.
Mientras tomaba confianza y tomaba, me fui convirtiendo en el vertedero de su parecer. Me entró a enseñar, a alertar, a fabular y a repetir y a repetir -en ese orden- que no pararía hasta dar con aquellas layotas de ensueño que revestirían el piso de mi cuarto, esta inmensidad. Cómo se tardaba má. Y eso que el kiosquito queda enfrente. Pero estoy con Abue, que acaba de mancharme el acolchado con motivos algebraicos, como la acción de este relato, que acaba de cambiar de tiempo.
Un texto rebelde lo jaquea, no aguantó y partió la lapicera. Casi todos sus dedos están entintados. Su rostro tenso, esos ojos rígidos, no está disfrutando. Pero se vislumbra una mueca en su comisura, como si estuviera disfrutando. Se pone a mecerme a ver si eso lo calma. De repente, se incorpora de su silla barco pirata. Sale disparado hacia el estár.
Mi madre vuelve. Trae hojas sueltas y un pack de lapiceras. Pasa por su cuarto a juntar unas cosas. Viene al mío mientras su padre consulta el diccionario, me escribe esta carta y se va, catorce minutos después, sin saludar al abuelo.
Hijo. Si estás leyendo esta carta es porque ya sabés leer. Te felicito. Apostaría que te pareció un juego de niños. Si en cambio es mi padre quien lo hace, que no alce la voz ni muestre fruncimiento su ceño. No saludé porque perdía el ómnibus. Igual, nunca lo hacía, así que no creo de rencor en cuanto a esto. Lo entendería si montase en cólera por ver la solución del pasatiempo plasmada en el papiro, que si hay algo que no le brinda es la satisfacción de contemplar el resto de su tiempo sin ninguna preocupación (de paso, era una chotada).
Chiquito... nueve meses cruzando ideas, hablándote -porque escuchabas- y a veces hablándote para mí cuando hacías de frontón emocional. Ahora que puedo mirarte a los ojos y decirte en la carita que nunca más vas a verme el pellejo, te escribo estas líneas. Ya no tengo valor.
Claro, si vos me lo sacaste. Como así la poca sensualidad que alguna vez tuve, mis amigas, el vínculo que empezaba a entablar con las amigas de mis amigas. ¿Cuánto dejé en el camino? A papá dejé, a mi papá.
Quedaba subyugado cuando te daba charla y vos, dentro mío, le contestabas con esos silencios lúgubres. Me lo fuiste ganando como gana el reducidor con apego al trabajo. Si se entienden de memoria, como Guillermo y Palermo.
Dejé todo por vos, todo lo di. ¿Y vos? Patadas solamente. No soporté la presión y tuve que gastar unos ahorros en la reconstrucción de este abdomen cascoteado. ¿Qué más tengo que dejar? No puedo más.
Hasta que pude; ahora te dejo a vos. Pero antes voy a ponerte de cotelé -rápido que viene el yerno de tu padre- para evitar una posible asfixia por ingesta de provechito, o mejor dicho por aire de eructo ya que bien vacía está esa pancita. Después sí. Finiquito esto rápido y me tomo los vientos.
Supongo, ni querrás saber de mi paradero para cuando aprendas a correr salir desesperado a buscarme, conociendo verdades espantosas y absorbiendo las situaciones más traumáticas. Por eso te lo dejo bien claro.
El kiosquero me propuso huir, juntos. Despertó mi espíritu aventurero e irresponsable sin adelantarme mucho sobre el lugar. Es un excelente vendedor (de hecho crucé a comprar cigarros y me vendió hojas, unas lapiceras para que redacte esta carta y la intriga). Que esté fuerte como soga de alpinista no tiene nada que ver.
Igual que tu padre, que ahora mismo debe estar cagando una hamburguesa en el váter del barsucho que seguro hay a la vuelta del fraudulento carro donde consumió la minuta, o haciendo la cola afuera.
Me voy con el señor, a Bandonarte, donde el sol no te abraza, te apretuja. Después te mando fotos.
Suerte, loco. Comé bien, hacé caso y cuando crezcas, explicale a tu abuelo que adolece de una severa patología y que no es recomendable sentirse orgulloso de eso. Vas a ser igualito a él, como yo y tu abuela.
auto
-No pienso empezar por "de chiquito bla bla bla" aunque me lo pida insistentemente; en todo caso lo dejo para más adelante. Seguro en algún momento va a decirme que la desconcentró una mosca al posarse en su antebrazo o algo así, pero no importa.
De chico vengo escuchando "qué lindo nene: tiene los ojos de la madre, el pelo del hermano y el corte de cara del padre", veraz circunstancia. De no ser porque los ojos de mi vieja los tengo en el cajón de la mesita de luz, la cara cortada del viejo en formol y el cuero cabelludo de mi hermano en llegar, la cosa sería tragicómica.
Pero bueno, es el máximo de espontaneidad que puedo dar. Y esto lo sostengo, convencido y con mucho cuidado, para que no se caiga.
Caigá le decía al Caiguá, el bar que estaba frente a lo de Anita Markarian -aquella vieja misteriosa que vivía con gatos y que siempre cargaba con bolsos vacíos-, cuando me iniciaba en el habla. La muzzarella del Caiguá era alta como tasa de crecimiento china y el fainá de orillo jamás venía tal. La atención y el olor ambiente, exquisito y agradable no respectivamente.
Hubo un mozo de lo más simpático en aquella época. Provino de una colonia inglesa del África occidental; hablaba muy bien el castellano y sus variantes, pero tenía una dificultad que distorsionaba sus mensajes, que nunca pudo subsanar: confundía el orden de las palabras.
Yo era muy inquieto; molestaba a otros comensales, me revolcaba en el piso y rompía vasos del Caiguá. Medhro, el mozo africano, posaba su mirada sobre mí y yo quedaba quietesito. Estaba ducho en el trato con chiquitos inquietos. Recuerdo bien cuando lo despidieron.
El rubro, al igual que cualquier sector pos-recesión interna, estaba deprimido. La situación y una de sus secuencias era esta: caja chica transparente, dueño alérgico y caldera de lata, ve la caja, ambiente húmedo. Dos ronchas aparecen en su cuello. Mehdro se encarga de la tercera y cuarta cuando confunde "tres panchos, dos con muzzarella" con "tres panchos con dos muzzarellas". Al dueño del Caiguá le quedaban cuatro ronchas de vida. Así lo despidió: "go with your dolls Mehdro, go".
Me drogo fundamentalmente a base de pasta. Mantiene mi autoestima en el nivel justo y me da rédito bajo forma de ahorro porque es lo más barato que hay en la vuelta. Le doy mucho a las moñitas, a los discos de pasta, pero más que nada a la pasta de diente. La última vez que me di vuelta fue con tirabuzones.
Tira-Buzones Boreal ya había igualado la posición de Tira-Buzones Austral con el último buzón derribado, penúltimo de treinta y siete, correspondiente a la última fecha (o zona Nuevo París – Larrañaga) del Campeonato Último Tirabuzón. El buzón de la vereda oeste a la altura de Cándido Juanicó, tomando la rambla como el inicio del bulevar, esperaba a Boreal, con una invitación a los quince minutos.
Se relamían los hacedores de poesía deportiva imaginando rimas con "hegemonía", "fama", "culo". Los vecinos de Propios llegaban en romería, agolpándose en busca del mejor lugar para apreciar aquel potencial hecho histórico. Les importaba un carajo la competencia, los Tira-Buzones como personas y hasta un fugaz reconocimiento popular por haber salido con cara de nabos detrás de Boreal en las tapas de diarios y revistas. Sólo afanaban lo inédito. Con eso, harta baboseada le pegarían a los vecinos de Ajenos.
El buzón en cuestión resultó durísimo; encima estaba lleno de cartas. Boreal intentó por todos los medios derribarlo: probó con un medio tanque, con un tren, con su medio hermano, con los codos y la frente. No pudo. Ni aplicando el doble de fuerza con una botella de medio y medio.
El tipo presenciaba cómo su azaroso destino se hacía añicos y con qué rapidez las hormigas se devoraban su dedo, luego de la ablación. La gente no abdicaba en su aliento; improvisaba cánticos demagogos y algunos trataban de hacerle el trabajo más fácil a Boreal, taladrando en la esquina o implorando ayuda. Esto le dio fuerzas; físicamente, estaba echo pedazos.
Manoteó un megáfono y anunció lo que haría. Mucha gente lo escuchó. Algunos comenzaron a llorar, rabiosamente. Era un recurso muy riesgoso, de veras. Verás que es así.
Su vida ya no sería la misma tal vez; quizás su vida, ya no sería igual. Nada lo es luego del éxito tirabuzonero. Allá fue que fue.
Desproveyó de resguardo el utensilio, que era femenino. Tomó contacto con el exterior: la peló. Le habló, la mimó, la trató de compañera de ruta, la frotó para que entrase en calor, le prometió que la cuidaría si algo salía mal y... ¡zasss!
-Perdóneme. Voy a pedirle que retome desde el principio.
-¿Por qué?
-Una mosca se posó en mi antebrazo y me desconcentré. Igual, retome donde dejó que yo me arreglo.
-Me parece mejor y más barato. Estaba con lo de los Tira-Buzones. Fractura expuesta a toda la gente de tibia, pero no de peroné.
"Pero nene, no se quede mirando y coadyuve. ¿No ve que se hizo carozo la tibia pero no el peroné?", me acuerdo le ordenó un viejo a un botija.
El otro tirabuzones no se portó bien conmigo. Cuando precisó guita para llevar a los pibes a comer algodón con azúcar yo le compré todo el saldo de 75, 87 y 89. Cuando no tenía un mango partido por la mitad y los guachos deliraban por manzana acaramelada yo me llevé los apolillados y los apelotonados. Y esta la descose!
Cuando no tenía un mango partido por la otra mitad y precisaba la moto para recibirse de tirabuzón, adivine quién fue su garantía. Ahora el botón dice que se le complicó lo de mi hermano, desagradecido de mierda.
¿Usted conoce alguien?
De chico vengo escuchando "qué lindo nene: tiene los ojos de la madre, el pelo del hermano y el corte de cara del padre", veraz circunstancia. De no ser porque los ojos de mi vieja los tengo en el cajón de la mesita de luz, la cara cortada del viejo en formol y el cuero cabelludo de mi hermano en llegar, la cosa sería tragicómica.
Pero bueno, es el máximo de espontaneidad que puedo dar. Y esto lo sostengo, convencido y con mucho cuidado, para que no se caiga.
Caigá le decía al Caiguá, el bar que estaba frente a lo de Anita Markarian -aquella vieja misteriosa que vivía con gatos y que siempre cargaba con bolsos vacíos-, cuando me iniciaba en el habla. La muzzarella del Caiguá era alta como tasa de crecimiento china y el fainá de orillo jamás venía tal. La atención y el olor ambiente, exquisito y agradable no respectivamente.
Hubo un mozo de lo más simpático en aquella época. Provino de una colonia inglesa del África occidental; hablaba muy bien el castellano y sus variantes, pero tenía una dificultad que distorsionaba sus mensajes, que nunca pudo subsanar: confundía el orden de las palabras.
Yo era muy inquieto; molestaba a otros comensales, me revolcaba en el piso y rompía vasos del Caiguá. Medhro, el mozo africano, posaba su mirada sobre mí y yo quedaba quietesito. Estaba ducho en el trato con chiquitos inquietos. Recuerdo bien cuando lo despidieron.
El rubro, al igual que cualquier sector pos-recesión interna, estaba deprimido. La situación y una de sus secuencias era esta: caja chica transparente, dueño alérgico y caldera de lata, ve la caja, ambiente húmedo. Dos ronchas aparecen en su cuello. Mehdro se encarga de la tercera y cuarta cuando confunde "tres panchos, dos con muzzarella" con "tres panchos con dos muzzarellas". Al dueño del Caiguá le quedaban cuatro ronchas de vida. Así lo despidió: "go with your dolls Mehdro, go".
Me drogo fundamentalmente a base de pasta. Mantiene mi autoestima en el nivel justo y me da rédito bajo forma de ahorro porque es lo más barato que hay en la vuelta. Le doy mucho a las moñitas, a los discos de pasta, pero más que nada a la pasta de diente. La última vez que me di vuelta fue con tirabuzones.
Tira-Buzones Boreal ya había igualado la posición de Tira-Buzones Austral con el último buzón derribado, penúltimo de treinta y siete, correspondiente a la última fecha (o zona Nuevo París – Larrañaga) del Campeonato Último Tirabuzón. El buzón de la vereda oeste a la altura de Cándido Juanicó, tomando la rambla como el inicio del bulevar, esperaba a Boreal, con una invitación a los quince minutos.
Se relamían los hacedores de poesía deportiva imaginando rimas con "hegemonía", "fama", "culo". Los vecinos de Propios llegaban en romería, agolpándose en busca del mejor lugar para apreciar aquel potencial hecho histórico. Les importaba un carajo la competencia, los Tira-Buzones como personas y hasta un fugaz reconocimiento popular por haber salido con cara de nabos detrás de Boreal en las tapas de diarios y revistas. Sólo afanaban lo inédito. Con eso, harta baboseada le pegarían a los vecinos de Ajenos.
El buzón en cuestión resultó durísimo; encima estaba lleno de cartas. Boreal intentó por todos los medios derribarlo: probó con un medio tanque, con un tren, con su medio hermano, con los codos y la frente. No pudo. Ni aplicando el doble de fuerza con una botella de medio y medio.
El tipo presenciaba cómo su azaroso destino se hacía añicos y con qué rapidez las hormigas se devoraban su dedo, luego de la ablación. La gente no abdicaba en su aliento; improvisaba cánticos demagogos y algunos trataban de hacerle el trabajo más fácil a Boreal, taladrando en la esquina o implorando ayuda. Esto le dio fuerzas; físicamente, estaba echo pedazos.
Manoteó un megáfono y anunció lo que haría. Mucha gente lo escuchó. Algunos comenzaron a llorar, rabiosamente. Era un recurso muy riesgoso, de veras. Verás que es así.
Su vida ya no sería la misma tal vez; quizás su vida, ya no sería igual. Nada lo es luego del éxito tirabuzonero. Allá fue que fue.
Desproveyó de resguardo el utensilio, que era femenino. Tomó contacto con el exterior: la peló. Le habló, la mimó, la trató de compañera de ruta, la frotó para que entrase en calor, le prometió que la cuidaría si algo salía mal y... ¡zasss!
-Perdóneme. Voy a pedirle que retome desde el principio.
-¿Por qué?
-Una mosca se posó en mi antebrazo y me desconcentré. Igual, retome donde dejó que yo me arreglo.
-Me parece mejor y más barato. Estaba con lo de los Tira-Buzones. Fractura expuesta a toda la gente de tibia, pero no de peroné.
"Pero nene, no se quede mirando y coadyuve. ¿No ve que se hizo carozo la tibia pero no el peroné?", me acuerdo le ordenó un viejo a un botija.
El otro tirabuzones no se portó bien conmigo. Cuando precisó guita para llevar a los pibes a comer algodón con azúcar yo le compré todo el saldo de 75, 87 y 89. Cuando no tenía un mango partido por la mitad y los guachos deliraban por manzana acaramelada yo me llevé los apolillados y los apelotonados. Y esta la descose!
Cuando no tenía un mango partido por la otra mitad y precisaba la moto para recibirse de tirabuzón, adivine quién fue su garantía. Ahora el botón dice que se le complicó lo de mi hermano, desagradecido de mierda.
¿Usted conoce alguien?
qué día
Seis del uno del siete.
Quiero enviarle una sincera salutación a Richard Matienzo, que en plena expansión del mundo celular y telefónico, decidió poner su escuelita de básquetbol en el club Atenas.
Jamás me había deslumbrado un número fijo de siete cifras para convocar clientes, para convocar pecunio (en lo que a lo deportivo respecta, querido Richar, ojalá frustres la carrera de todos esos botijas que optaron por tu inculco y no por el del Osqui).
Quiero enviarle una sincera salutación a Richard Matienzo, que en plena expansión del mundo celular y telefónico, decidió poner su escuelita de básquetbol en el club Atenas.
Jamás me había deslumbrado un número fijo de siete cifras para convocar clientes, para convocar pecunio (en lo que a lo deportivo respecta, querido Richar, ojalá frustres la carrera de todos esos botijas que optaron por tu inculco y no por el del Osqui).
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